La paranoia post 11-S y la zona cero de la ética

Isaac Rosa empieza su texto señalando lo siguiente: "Según encuestas recientes, una cuarta parte de estadounidenses cree que su Gobierno estuvo implicado en los atentados del 11 de septiembre de 2001. Libros, vídeos y foros de Internet se dedican a propagar las supuestas pruebas de esta acusación, alimentando teorías que van de lo terrorífico por verosímil a lo risible por delirante. El 11-S no ha hecho sino agravar el desconcierto de una sociedad tradicionalmente inclinada a las teorías de la conspiración ante un Gobierno que siempre ha tenido, en la política internacional al menos, una agenda oculta, y que últimamente presenta, sin siquiera negarlos, comportamientos criminales -secuestros, cárceles secretas, torturas, brutalidad en Irak- que dan argumentos a los filoconspiradores". Y más adelante sostiene: "En este clima de desconfianza, mentira, ambigüedad y miedo, que suele tomarse como efecto del 11-S, y que se extiende por todo el mundo -desde las elecciones mexicanas hasta la histérica seguridad aeroportuaria-, encaja la nueva película de Scorsese, y a ese clima pertenece. Infiltrados es muy representativa de una conciencia pesimista muy extendida, por la que, como dice el mafioso Costello -un shakespeariano rey del mal a la medida de Jack Nicholson-, si a un niño le preguntan si de mayor quiere ser policía o ladrón, la respuesta debería ser: '¿Cuál es la diferencia?'. Se trata de esa 'zona cero de la ética', en afortunada expresión que Scorsese utiliza en todas las entrevistas promocionales; ese 'mecanismo perverso de la confianza continuamente defraudada' y que crea, según el director, 'un mundo de absoluta ambigüedad moral', donde 'las fronteras entre el bien y el mal están desapareciendo'".
Imperdible.
En la foto: Jack Nicholson, extraordinario.