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martes, marzo 14, 2006

Ficha-carné: Las ilusiones del posmodernismo de Terry Eagleton

La palabra posmodernismo remite generalmente a una forma de la cultura contemporánea, mientras que el término posmodernidad alude a un periodo histórico específico. La posmodernidad es un estilo de pensamiento que desconfía de las nociones clásicas de verdad, razón, identidad y objetividad, de la idea de progreso universal o de emancipación, de las estructuras aisladas, de los grandes relatos o de los sistemas definitivos de explicación. Contra estas normas iluminísticas, considera el mundo como contingente, inexplicado, diverso, inestable, indeterminado, un conjunto de culturas desunidas o de interpretaciones que engendra un grado de escepticismo sobre la objetividad de la verdad, la historia y las normas, lo dado de las naturalezas y la coherencia de las identidades. Esa manera de ver, podrían decir algunos, tiene efectivas razones materiales: surge de un cambio histórico en Occidente hacia una nueva forma de capitalismo, hacia el efímero, descentralizado mundo de la tecnología, el consumismo y la industria cultural, en el cual las industrias de servicios, finanzas e información triunfan sobre las manufacturas tradicionales, y las políticas clásicas basadas en las clases ceden su lugar a una difusa serie de 'políticas de identidad'. El posmodernismo es un estilo de cultura que refleja algo de este cambio de época, en un arte sin profundidad, descentrado, sin fundamentos, autorreflexivo, juguetón, derivado, ecléctico, pluralista que rompe las fronteras entre cultura 'alta' y cultura 'popular' tanto como entre el arte y la experiencia cotidiana. Cuán dominante o persistente resulte esa cultura -si habrá de pasar o si se constituye en una particular región dentro de la vida contemporánea- es materia de discusión. (11-12)

El punto, de todas maneras, es que el concepto de totalidad implica un sujeto para quien vaya a marcar alguna diferencia práctica, pero una vez que ese sujeto ha sido obligado a retroceder, incorporado, dispersado o metamorfoseado hasta dejar de existir, entonces el concepto de totalidad está pronto a caer con él. A menos que, por ejemplo, se quiera preservar la idea de subversión en ausencia de algún agente adecuado, en cuyo caso siempre se puede plantear que el sistema se subvierte a sí mismo y combinar así un cierto escepticismo con cierto radicalismo. Pero, en general, no parecería haber nadie para quien la idea sea demasiado funcional, como podría ser, por ejemplo, en una era de nacionalismo revolucionario; como el árbol del obispo Berkeley, caerá por lo tanto fuera de la existencia porque nadie lo mira. El descrédito teórico de la idea de totalidad, entonces, es esperable en una época de derrota política de la izquierda. Mucho de su escepticismo, después de todo, proviene de intelectuales que no tienen particularmente ninguna razón apremiante para ubicar su propia existencia social dentro de un marco político más amplio. (29)

Si el posmodernismo cubre todo, desde el punk rock hasta la muerte de la metanarrativa, desde las revistas de historietas hasta Foucault, entonces resulta difícil ver cómo un único esquema explicativo puede llegar a hacer justicia a una entidad tan raramente heterogénea. Y, si la criatura es tan diversa, resulta difícil ver cómo se puede tener una posición, a favor o en contra, no más de lo que se puede estar a favor o en contra del Perú. (45)

Terry Eagleton, Las ilusiones del posmodernismo. Paidós: Buenos Aires, 1998.