Porno cultura

En el plano literario, vale la pena recordar el escándalo suscitado hace un par de años en España alrededor del libro de cuentos Todas putas, de Hernán Migoya (quien hace poco estuvo de paso por Lima), "en dos de cuyos relatos los personajes, violadores y pedófilos, hacen una apología de la violación", como escribiera Mario Vargas Llosa en un artículo con el que salió en abierta defensa de la libertad del quehacer artístico a partir del caso Migoya. No está de más releer ese artículo (a propósito del informe de Revista Ñ, y más allá de la conclusión vargallosiana sobre "la grotesca inanidad que han alcanzado los conceptos de `derecha´ e `izquierda´ en nuestros días") para pensar en los alcances, confusiones y repercursiones que el tema de la pornografía puede lograr. El libro de Migoya fue injustamente considerado, como comenta Vargas Llosa, "un libro ofensivo, degradante y que atiza la violencia contra las mujeres". En su informe, Kolesnicov escribe por ejemplo lo siguiente: "Dos autoras feministas clásicas, Catharine MacKinnon y Andrea Dworkin, dicen que no hace falta que sea hardcore para que la pornografía sea criticable: `En la pornografía la violencia misma es sexo. La desigualdad es sexo. Sin jerarquías, la pornografía no funciona. Sin desigualdad, sin violación, sin dominio y sin violencia no puede haber excitación sexual´, escribía Mac Kinnon en 1984".
De lo que se trata es de tener en claro que una cosa es la pornografía en sí misma y otra cosa muy distinta es una obra de ficción. Los estudios sobre el tema son abundantes, pero suelen olvidarse cuando priman las preocupaciones morales y moralistas sobre la obra de arte. Sin embargo, hay que tener en cuenta que a veces se hacen pasar por artísticas muchas producciones que, por su bajo nivel de elaboración formal, terminan constituyendo una excusa para los vicios de la explotación sexual y la discriminación.