zonadenoticias

sábado, enero 06, 2007

¡Masacre!

Por José Luis Rénique*

En la madrugada del 6 de mayo de 1992 los vigías del pabellón 4B advirtieron la llegada de fuerzas especiales de la policía. Esperaban el ataque, estaban preparados a resistir. Era la política del partido. El plan "Mudanza 1" consistía en trasladar a las reclusas senderistas al penal de Santa Mónica. La intervención, por lo tanto, se concentró primero en el 1B. Los varones acudieron en su defensa. Utilizaron "quesos rusos", ácido muriático, arcos y flechas, ballestas, bombas molotov y "algunas armas de fuego compradas a los comunes".22 Entre seis y diez reclusos encontraron la muerte en esa fase. Cuando no pudieron más, optaron por evacuarlo a través del conducto clandestino hacia el 4B. Al percatarse de la operación, los atacantes se lanzaron con renovada fuerza sobre este último. La resistencia duraría hasta el día 9. Sus residentes habían reforzado las paredes con fierro y concreto, lo que atenuó los efectos de los explosivos.
Como en otras confrontaciones, la táctica senderista era obligar al adversario a negociar, colocándolo ante la necesidad de perpetrar un nuevo "genocidio" para triunfar. Un gobierno que tan sólo un mes atrás había justificado el cierre del Parlamento -a punta de fusil- con el pretexto de derrotar a la subversión, no tenía demasiado interés en negociar. De otro lado, sin embargo, no podía enervar la oposición que se había ganado en el exterior con dicha acción. El jueves 7 por la noche, los familiares de los presos comunicaron a organismos internacionales de derechos humanos que los reclusos aceptaban el traslado. El viernes 8, Luis Jiménez, un abogado argentino representante de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, se entrevistó con varios ministros intentando persuadirlos de proceder a la ejecución del traslado.
En el penal, mientras tanto, una comisión encabezada por Yovanka Pardavé intentó negociar una salida pacífica. Exigían la presencia de la Cruz Roja, la OEA, el Comité de Familiares, Abogados Democráticos, la fiscal de la nación y un médico legista. No hubo acuerdo. Al mediodía del sábado 9 el presidente Fujimori habría autorizado el "asalto a cualquier precio" del sitiado 4B. Ante el estruendo de las bombas, en las afueras del penal, el abogado argentino Luis Jiménez hizo un intento final de llamar a Palacio. Un edecán le dijo que el Presidente no le iba a responder.23 Entre el 7 y el 8 los internos vivieron el infierno. Había muchos heridos y alrededor de 10 muertos. El 9 –recordó Mario Vilcará- "el edificio parecía una coladera y estaba a punto de colapsar". Se decidió, entonces, comenzar a salir.
"Sabíamos que venía un asesinato selectivo, era lo que el Presidente Gonzalo había previsto", recuerda Osmán Morote. "La decisión y la comprensión de que esto se daría era clara para todos". Los delegados tomaron la iniciativa. Salieron, por eso, tomados de los brazos y cantando La internacional. La policía había dicho que no dispararía. No cumplió. Morote –que era parte de ese grupo- vio como las ráfagas provenientes de los techos barrieron a los que iban del lado derecho. Los otros –dice- quedamos heridos en las piernas. Al ver que los estaban masacrando – continúa- "nuestros compañeros se sintieron tan indignados que empezaron a salir, desafiantes, cantando, desplazándose hacia la puerta de la prisión”. De esos acontecimientos, Vilcará –miembro de la "masa" por contraste con el dirigente Morote- conservaría un registro distinto:

La alta dirigencia decidió que debíamos entregarnos, pero todos teníamos miedo de salir. A gritos pedimos '¡alto el fuego!', '¡nos rendimos!', '¡no disparen!', 'vamos a salir', dijimos, y los disparos cesaron. 'Salgan con las manos en alto', dijeron con el altavoz y como nadie quería salir primero, los dirigentes decidieron dar el ejemplo. Yo estaba en las gradas y vi todo, primero salieron como unos veinte entre hombres y mujeres. Agarrados y con los brazos en alto comenzaron a cantar la Internacional socialista cuando salieron. Allí entonces les empezaron a disparar y todos cayeron al suelo.
Nos quedamos mudos ante el fusilamiento. Por eso, nadie quería salir. Desde afuera el altavoz dijo otra vez que a los siguientes no los matarían. Pasó largo rato y el segundo grupo salió agachado y corriendo, a esos no les pasó lo mismo, pero a ratos se escuchaban balazos. Al parecer alguien señalaba, separaban a los dirigentes conocidos y los llevaban a un rincón y los fusilaban. A otro grupo que salió corriendo también le dispararon, y así a unos disparaban, a otros no. Cuando me tocó salir corrí esperando la muerte en cualquier momento, en todo el camino había regueros de sangre, y en una esquina vi el cadáver de una mujer, el que estaba a mi lado me dijo que era la periodista Janet Talavera.
24

Diez años después, Osmán Morote recordaría cómo, desde el suelo, herido de bala, había escuchado los gritos de los uniformados. "¡A la negra... A la negra!", decían, refiriéndose a la tez oscura de Janet Talavera Sánchez, periodista cuya fama subversiva provenía de su trabajo en el periódico oficioso senderista El Diario, para el cual había entrevistado nada menos que al "Presidente Gonzalo". Morote se habría salvado por haber llevado el rostro cubierto al momento de salir y porque, posteriormente, sus compañeros lo defendieron aun a costa de la vida. Aún así al ser identificado, en momentos en que era llevado a la cocina -adonde varios de sus compañeros habían sido ya ajusticiados- fue salvado por el director del penal de manera fortuita. Mientras tanto, miembros del Comité Central del PCP como Tito Valle Travesaño y Yovanka Pardavé, se desangraban en el área de la rotonda.25 Las fuerzas del orden habían aprendido la lección de 1986. La masacre, esta vez, había sido una operación sistemática y ordenada. Sabían que su oportunidad para matar con impunidad estaba en aprovechar el caos de la rendición. La mayoría de los cincuenta o más muertes de aquella "matanza olvidada" –como la denominaría la revista Caretas diez años después—ocurrieron el día 9, después de que los senderistas se habían rendido.26
Al atardecer del domingo 9, los sobrevivientes de la nueva masacre yacían de cúbito ventral en el descampado entre la entrada del penal y el acceso al patio central. Allí permanecerían, inmóviles, por los siguientes tres días, "sin comer ni tomar agua, defecando y orinando en el lugar". Algunos fueron sacados para ser torturados o incluso eliminados.27 En cierto momento, el presidente Fujimori se paseó triunfante entre los presos. Pasó a mi lado –recuerda Mario Vilcará—riéndose y burlándose "de los que estábamos caídos".28 Recién al cuarto día llegaron los comunes trayéndoles una "gran olla de sopa". Así los mostraron las imágenes de la TV en los días siguientes: derrotados, abatidos, humillados; en el trasfondo, las sombras agujereadas de los pabellones 1B y 4B. La trinchera luminosa apagada para siempre.


NOTAS
22 V. Peláez, "Morir en Canto Grande".
23 Jiménez hizo público su testimonio nueve años después. Ver "Matanza Olvidada" en Caretas, Mayo 31, 2001.

24 V. Peláez, "Morir en Canto Grande".
25 Fue lo que vio Edgard Pedro Tolentino G., "No queremos trasladarlos sino matarlos como perros. Testimonio sobre el genocidio del 6, 7, 8 y 9 de mayo de 1992 en el Penal de Canto Grande, Lima -Perú", en Unirnos. Revista sobre Ideología, Política y Cultura, núm. 1, octubre 2001.
26 "Matanza Olvidada" en Caretas, mayo 31, 2001,
http://www.caretas.com.pe/2001/1672/articulos/fujimori.phtml
27 E. Tolentino, "No queremos trasladarlos sino matarlos como perros".
28 V. Peláez, "Morir en Canto Grande".



* Acápite tercero del cuarto capítulo de La voluntad encarcelada. Lima: Instituto de Estudios Peruanos, 2003, pp. 87-91.