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miércoles, mayo 16, 2007

El nuevo libro de Carmen Ollé

Hoy en la sección cultural de El Comercio Enrique Planas entrevista a Carmen Ollé a propósito de la reciente publicación, vía Peisa, de Retrato de mujer sin familia ante una copa ("El título es un homenaje a Patricia Highsmith"), "libro que Ollé confiesa haber escrito en un momento muy difícil de su vida. 'Llegó un momento en que me sentía una mujer virtual, sin vida propia. Toda mi vida estaba en la computadora, en Internet y en lo que leía. Prácticamente no veía a la gente', señala la autora de Noches de adrenalina. Así, pues, el libro fraguó como un espacio para recordar a sus más amados escritores, a la vez de volverse a encontrar con la otra Carmen, la joven poeta de los años 70, que quería escribir, viajar y sentir la vida. 'Era una forma de despedirme de ella', explica".
Tal y como señala la contracarátula del libro: "De la mano de dos paradigmas literarios —Arthur Rimbaud y Roberto Bolaño—, Carmen Ollé nos invita a recorrer los paisajes interiores en la vida de una joven escritora de la Lima de los años 70. Toda experiencia de esta voraz e inveterada lectora es bañada por la luz, a veces centelleante y otras sutil, de la ficción literaria. Con una ciudad decadente como telón de fondo, asistimos al descubrimiento de que la vida puede ser, lo mismo que un poema o una novela, un ejercicio de honestidad o un simple remedo. Con la verdad como único norte, la protagonista recrea sus talleres literarios, su matrimonio con un afamado poeta, la aventura intelectual y laboral en Europa, así como las relaciones que entabla con personajes entrañables tanto de la realidad como de la ficción literaria. Una voz femenina en primera persona da unidad a estos relatos que, con tono reflexivo, desprejuiciado y original, combina la autobiografía, el relato y el ensayo, para abordar, con sabiduría, el dilema entre realidad y ficción que tantas veces inquieta al lector: ¿cuánto de verdad encierra el texto literario?".
Retrato de mujer sin familia ante una copa está dividido en tres partes más un epílogo. La segunda parte (51-75) lo ocupa un solo texto, el cual da título al libro. En mi opinión este relato es lo mejor del volumen, junto con "En la oscura biblioteca" (20-29) y "El chofer" (87-116). En ellos, por ejemplo, nos topamos con imágenes y pinceladas excelentes, como en este fragmento: "Enrumbo hacia la Plaza San Martín. La multitud me protege, me deslizo en ella como por las axilas de mi madre, sintiendo su aroma inconfundible, su humor cálido" (27).
A continuación les ofrezco, de la primera sección, "¿El gato está vivo o muerto?", los no menos interesantes dos siguientes breves textos.


LA LLAVE

Era una llave grande y oxidada, como las que usaba Charlotte Brontë en Jane Eyre para encerrar a la loca de la novela –la primera esposa del señor Rochester- en su castillo medieval.
La llave del cuarto de un motel triste, cerca de la universidad más triste, donde el aspirante a Onetti, con sus libros bajo el brazo, y yo sellaríamos nuestro amor, oscuro como el de la huerfanita Jane con el dueño de Thornfield. Ante la puerta del cuchitril me di cuenta de que Onetti, Bukoswki y el miembro de mi alumno –aquel miembro proverbial- iban a anidar en mí como una auténtica propuesta literaria. No había nada más en esa vieja habitación húmeda que ese miembro solitario, cual samurái al acecho, y los libros de dos escritores inconformes y amargados.
La llave en mi mano, como un segundo pene, estaba presta a encajar en el agujero de la puerta que nos alejaría del mundo real, a él y a mí, maestra y alumno, para entrar en el laberinto de la carne. Intuí nuestros cuerpos pequeños y fornidos a punto de entremezclarse en un solo latido. Algo en ese objeto de bronce, de aproximadamente diez centímetros de largo, toscamente labrado, me hablaba con una voz retorcida por el dolor de una huérfana que se encarnaba en mí, una huérfana que tendría que soportar la autoridad de su padre después de la muerte de sus cinco hermanos en la casa de Yorkshire, en medio de los páramos. La intromisión de esa imagen hizo que me vistiera en el acto y saliera corriendo sin dar explicación alguna.
Ahora lo sé, fue una vuelta de tuerca, o casi una vuelta de tuerca que no llegué a dar completamente por alguna insospechada razón, relacionada con la loca del castillo de Thornfield, lo que me obligó a correr sin detenerme hasta el paradero de los microbuses a Lima.
Una llave vieja y oxidada. No pude resistir la idea de que aquel adminículo pudiera quebrarse en la cerradura y entonces yo quedara prisionera en los brazos del señor Rochester para toda la vida.
En la soledad del camino de regreso me pareció estúpida la comparación. ¿Qué los unía? El personaje de Jane Eyre era alto, robusto, enigmático, con un secreto a cuestas, mientras que mi alumno, de baja estatura y rasgos andinos, era hijo de la modernidad, admirador de Malcolm Lowry, Dylan Thomas y otros bebedores emblemáticos de whiskies dobles.
La llave era el lugar en que mi fantasía y la realidad se verían hermanadas. Era el símbolo de un acto sexual en el que maestra y alumno vibrarían juntos. Me resistí, me negué, opté por la soledad de mi fantasía. Algún día, más adelante, podía arrepentirme. Asumí el riesgo.


VIVIR COMO UN ESCALADOR DE MONTAÑAS

Para un escritor que se pretende universal, la pregunta cala hondo, en lo más sensible: ¿Cómo hacer para vivir como un escalador de montañas? El escritor no puede pretender vivir convocando la inspiración, ya que ella funciona como una máquina tragamonedas: cuanto más le echas, menos sale, hasta que un día vomita todo lo ingresado como manirrota, pero en beneficio de otro.
El escritor debe ser como el escalador de montañas: trepar hacia la cima bordeando los puntos ciegos, eludiendo la luz del sol –que resulta entorpecedora y le resta fuerzas-. El asunto no es sólo de qué escribir sino cómo vivir.
Hay quienes viven de sí mismos, algo difícil de explicar, pero fácil de hacer. Ello consiste en escalar la montaña con la sola finalidad de decir que se la ha coronado, cuando hay que escalarla por el solo hecho de hacerlo y no necesariamente con la finalidad de llegar a la cumbre. Vanidosos como son, estos viven del parecer y no del ser, pero vivir para sí mismos es una trampa. "Aléjate de tu yo, mortifica tu ego", dice el anacoreta.
¿Tiene sentido escalar la montaña con el único fin de hacerlo? El sentido está dado por la necesidad o la neurosis compulsiva de arribar, de llegar a lo alto y clavar el asta de la bandera, para luego sentarse en una roca, recogerse y entregarse al goce de la vista panorámica en la que el escalador podrá ver sus pequeños pasos resistiendo el acoso del viento que intenta borrarlos.
El escalador de montañas se empeña en algo inútil que para él es placentero: llegar a la cima del nevado, desafiando a los elementos. De estos, el viento puede ser el más peligroso, porque remueve la nieve perpetua y provoca el alud. Para el escritor, sin embargo, este viento es favorable, la avalancha es favorable, vivir muriendo cada día es favorable. De otra manera no se entiende la locura en Dostoievski ni en Nietzche ni en Rimbaud ni en Camille Claudel ni en Alejandra Pizarnik, autores con los que el escritor comparte el deseo de quemar sus naves.
Cobijarse en la bolsa de dormir, bien resguardado del viento, en lo alto de la montaña, no le garantiza el éxito al escritor. En este caso, puede desbarrancarse, morir de hipotermia o ser olvidado por sus contemporáneos y, finalmente, no haber llegado a la cima de la montaña. Pero llegar tampoco le garantiza nada, salvo el éxito. El éxito es algo completamente fútil una vez que se ha conseguido. Al fin y al cabo, la cima es una ilusión: cuanto más lejana, más bella, cuanto más inalcanzable, más próxima.

En la foto: Carmen Ollé. "El asunto no es sólo de qué escribir sino cómo vivir", escribe. El libro se presenta mañana jueves a las 7.30 pm en el Centro Cultural de la Universidad Católica (Av. Camino Real 1075, San Isidro).