Daniel Alarcón y la literatura de la violencia política
Y aun hoy, pareciera que la guerra aún se sigue librando, con escaramuzas que a veces sorprenden. En una conferencia de escritores peruanos, auspiciada el año pasado por la Casa de América, en Madrid, una discusión en torno a la literatura nacional de los últimos veinticinco años se convirtió rápidamente en un airado intercambio de reproches y quejas, degenerando luego en una sonora polémica que se extendió por varios meses. Semanas después de la reunión la discusión continuaba en las páginas de varios periódicos de Lima y, como antes, se centraba en el tema de acceso: qué autores eran aceptados por las élites (o supuesta élites), quiénes eran ignorados y por qué. Quién controla las publicaciones en el Perú y de qué manera se ejercía tal poder —en otras palabras, a quién se permitía relatar la historia del conflicto. Con el objeto de simplificar un debate de naturaleza mucho más complicada, se creó una taquigrafía conveniente —Andinos versus Criollos. Esta reduccionista ecuación binaria dio nacimiento a otras: Marrones vs. Blancos, partidarios del terror maoísta vs. aquellos que preferían la variedad de violencia auspiciada por el Estado, los que trabajaban con la tradición narrativa indígena vs. escritores más conscientemente cosmopolitas. Y así por el estilo.
Creo que jamás me he sentido menos peruano que cuando estuve en la conferencia viendo cómo la conversación se deterioraba, cómo cada facción trataba de imponer su temible lógica. Una discusión que me pareció vacía era sin embargo protagonizada, con apasionamiento intenso, por hombres de incuestionable inteligencia e integridad. Desde una perspectiva forastera —la mía— esta proliferación de falsas dicotomías parecía reflejar, en realidad, un trauma enorme e inconcluso. Era claro que la guerra y sus cicatrices eran mucho peores que lo que yo inicialmente había imaginado. Casi quince años después del desmantelamiento de Sendero Luminoso, cinco años después de la caída de la dictadura de Fujimori, aun había muy limitado espacio para un diálogo serio en torno a lo que había sucedido en el Perú.
Se ha dicho que la literatura peruana sólo ahora está comenzando a examinar y lidiar con el violento pasado del país. Esto no es enteramente cierto: novelas, cuentos, obras de teatro han estado diagnosticando los cismas de la sociedad peruana, a lo largo de varias décadas —antes, durante y en el periodo inmediatamente después de la guerra. Cualquiera que hubiera querido vislumbrar la forma del conflicto que se venía, sólo habría tenido que leer la obra de José María Arguedas, por ejemplo, para saber que no sería nada agradable. Tal vez sea más adecuado decir que la intensidad del conflicto y la resultante polarización de la sociedad obscurecieron nuestra capacidad de evaluar muchos de esos trabajos escritos y publicados. El Perú oficial estaba sitiado, y cualquier intento literario de comprender el conflicto tal como era —complejo, multiestratificado, con raíces profundas que eran, en sí mismas, acusaciones y condenas al proyecto nacional— podía ser interpretado como una apología del terrorismo. Se estaba librando una batalla entre "buenos" y "malos", y cualquier escrito que no reconociera esta premisa, era diligente y necesariamente ignorado.