zonadenoticias

martes, febrero 13, 2007

Carlos López Degregori sobre Ana María Falconí

EL PÁJARO Y LA PIEDRA*

Por Carlos López Degregori


Es ya una opinión generalizada sostener que la poesía peruana se ha fragmentado en un archipiélago en el que cada poeta habita su propia y solitaria isla. Utilizo esta imagen en el sentido de la dispersión de lenguajes y propuestas, por supuesto; pero, también, para referirme a la ausencia de interrelaciones y redes que permitan ofrecer una valoración general y la constatación de una jerarquía en la que podamos situar lo que realmente vale. Siento, sin embargo, que Sótanos pájaros es una grata revelación; un libro que, a diferencia de tantos primeros poemarios, ha sabido aguardar, madurar y crecer para llegar al fin a los lectores porque ese destino era ya inevitable.
La dispersión actual de lenguajes no implica desconocer la existencia de actitudes poéticas que operan por oposición. Ellas siempre han existido – desde los orígenes de la poesía oral y oriental y occidental – y nada impide que sigan teniendo vigor hoy en día. Una de esas oposiciones es la que distingue una dimensión poética externa, contrapuesta a otra, interna. En efecto, hay poetas que tienden a lo exterior, que practican una poesía expansiva y abierta en líneas generales a lo "otro" o al "otro". Una actitud opuesta, en cambio, es la que privilegia una fuerza centrípeta, una mirada al interior que reclama un descenso en uno mismo cada vez más concentrado y profundo. Esta es, creo, la actitud central que orienta todos los poemas de Ana María Falconí, y ya el primer poema, "Cosas", lo revela en un tono y temple exactos:

Yo no pateo una pelota

Pateo cosas como nubes
El, amor es un traje vacío, digo
Y lo pateo lejos
Que es antes que las cosas
Como lágrimas dentro del ojo
O el espejismo que absorbo
En una servilleta de papel

Yo pateo

Lo dice el aire que cabe
En ese espacio
La nubes
Que atraviesan mis huesos.

Este texto desenvuelve una acción en la que el hablante poético, con violencia, aleja o suprime las cosas exteriores para quedarse al fin con una esencia –casi incorpórea, elusiva- de nubes y huesos. Esta supresión del entorno es fundamental en el proceso del libro, y es reiterada en el poema "Video". En él, unos actantes gesticulan, gritan, se desplazan hasta que irrumpe con violencia el "Blackout", el apagón; es decir, la negación de la luz que es la puerta al vértigo, al interior, a los sótanos que están detrás de todas las experiencias y de nosotros mismos. Porque esta anulación del entorno tiene, en la dinámica del libro, una finalidad: mirarse sin subterfugios, revelarse, entenderse. Sótanos pájaros despliega así una autobiografía de lo esencial, la decantación de la experiencia de esa misteriosa “mujer halcón”, que da título a una de las secciones del poemario. El mismo apellido de la autora afianza la idea de una poesía íntima y experiencial, aunque nunca explícita : halcón – falcon – falconí, son palabras que se funden en una sola raíz y que revelan, a fin de cuentas, la misma identidad.

Esta atmósfera soterrada, enrarecida, es la que bulle en las dos secciones siguientes del libro – "Sótanos pájaros" y "Lecturas naturales"-. En ellas contemplamos una serie de presencias amenazantes, sombras, sueños nebulosos, que deben vencerse y conjurarse. El agente de esta liberación es el halcón, dueño de un vuelo amplio y libre. Las otras dos partes del libro – "Mujer halcón" y "Matte kudassai" escenifican esa lucha. Es el enfrentamiento violento y duro de los sótanos con los pájaros, o de la oscuridad con el aire abierto y luminoso.
El libro deja una nota de suspenso pues no accedemos al resultado de esa guerra. Sólo sentimos una inminencia: algo está a punto de ocurrir o definirse, y no se define ni ocurre. Y en esa indefinición y no ocurrencia, brota la aventura del decir: la propia experiencia que se calcina para volverse texto.
Pero lo que importa en la poesía no es lo que se dice, sino la ocurrencia del lenguaje. Esta lucha de la sombra y la luz, o del pájaro y el sótano, es ofrecido en poemas breves, precisos, ambiguos, contundentes. Alejada de cualquier adorno o exhuberancia, Ana María Falconí persigue la palabra esencial; la mira, la sopesa, la moldea. Leo el brevísimo poema "Piedra", que es una metáfora del trabajo de la escritura: "La bordeo / con / mi lengua/ trazo una línea / de saliva / Se agita / escupe escamas huellas dientes / en oscura y última mirada".
Creo que esa piedra moldeada por el humor creador y vivificante -es decir la saliva- de esta mujer halcón, es la misma de la misteriosa fotografía que ilustra la portada. Su abierta representación sugiere un pájaro que vuela encerrado en la dureza de lo pétreo. Pero, encerrado o libre, vuela, y eso es lo que importa A nosotros nos queda la lectura de este logrado libro que le ofrece a Ana María Falconí un lugar descollante en la nueva poesía peruana.


*Texto leído el 09 de febrero de 2007 en el Jazz Zone de Miraflores durante la presentación de Sótanos pájaros (Tranvías Editores, noviembre 2006).