José Miguel Oviedo, Alonso Cueto (y Watanabe)

Por otra parte, en este mismo diario, en su columna semanal Alonso Cueto escribe sobre "Watanabe: La emoción y la tranquilidad". Una tranquilidad que, como la sangre saliendo del cuerpo en su poema de Banderas detrás de la niebla (a partir del cual Watanabe hizo referencia a la invasión a Irak), no deja de estar cargada de violencia.
Aquí pueden leer su poema "El grito (Edvard Munch)", incluido en Historia natural (1994), el cual mereció un excelente estudio de Luis Fernando Chueca titulado "Un (silencioso) grito contra la muerte. Lectura de un poema de José Watanabe" aparecido en la revista de literatura Ajos & zafiros 7 (pp. 15-24):
EL GRITO (EDVARD MUNCH)
Bajo el Puente de Chosica el río se embalsa
y es de sangre,
pero la sangre no me es creída.
Los poetas hablan en lengua figurada, dicen.
Y yo porfío: No es el reflejo del cielo crepuscular, bermejo,
en el agua que hace de espejo.
Oyen el grito de la mujer
que contemplaba el río desde la baranda
pensando en las alegorías de Heráclito y Manrique
y que de pronto vio la sangre al natural fluyendo?
Ella es mujer verdadera. Por su flacura
no la sospechen metafísica.
Su flacura se debe a la fisiología de su grito:
Recoge sus carnes en su boca
y en el grito
las consume.
El viento del atardecer quiere arrancarle la cabeza,
miren cómo la defiende, cómo la sujeta
con sus manos
a sus hombros: Un gesto
finalmente optimista en su desesperación.
Viene gritando, gritando, desbordada gritando.
Ella no está restringida a la lengua figurada:
Hay matarifes
y no cielos bermejos, grita.
Yo escribo y mi estilo es mi represión. En el horror
sólo me permito este poema silencioso.
En la foto: José Watanabe.